domingo, 19 de octubre de 2025

Cuando Estados Unidos fue consumido por el pánico hacia el poder corporativo japonés. Por: Francesco Lovaglio Tafuri

Cuando Estados Unidos fue consumido por el pánico hacia el poder corporativo japonés

En la década de 1980, Estados Unidos vivió una de las etapas más intensas de ansiedad económica y cultural frente a un rival inesperado: Japón. El crecimiento espectacular de las empresas japonesas, su dominio en sectores como la electrónica, la automoción y la ingeniería, y su modelo corporativo disciplinado llevaron a muchos estadounidenses a creer que su hegemonía global estaba en riesgo. Este episodio de pánico colectivo no solo reflejó tensiones comerciales, sino también un choque profundo entre dos modelos económicos y culturales que marcarían el curso de las décadas siguientes.

El ascenso japonés: disciplina, eficiencia y obsesión por la calidad

Japón emergió de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial con una estrategia nacional basada en productividad, ahorro e innovación industrial. Para mediados de los años 80, corporaciones como Toyota, Sony, Mitsubishi, Toshiba o Hitachi se habían convertido en referentes globales. Su éxito se debía a una combinación de planificación estatal, trabajo en equipo y una obsesiva búsqueda de calidad, sintetizada en el famoso concepto de kaizen, la mejora continua.

Mientras tanto, en Estados Unidos, las industrias tradicionales enfrentaban recesión, pérdida de empleos y una creciente dependencia del crédito. Ver a los conglomerados japoneses comprar activos icónicos —como el Rockefeller Center en Nueva York o estudios de cine en Hollywood— se convirtió en una fuente de alarma nacional. Muchos lo interpretan no solo como una inversión extranjera, sino como un símbolo de pérdida de poder.

El pánico corporativo y la narrativa del declive estadounidense

La prensa estadounidense amplificó ese miedo con titulares que anunciaban “el siglo de Japón” o “la conquista económica silenciosa”. En libros, películas y debates políticos, se repetía la idea de que el modelo japonés, con su disciplina colectiva y planeación estratégica, superaba la cultura empresarial estadounidense basada en la competencia y la individualidad.

Obras como Rising Sun de Michael Crichton o documentales televisivos reflejaban esa paranoia: Japón no solo era un competidor, sino un potencial conquistador económico. Incluso en el Congreso, se discutían leyes para frenar las adquisiciones de empresas y propiedades por parte de conglomerados asiáticos.

Este miedo tuvo un componente simbólico: Estados Unidos se veía reflejado en un espejo incómodo. Lo que antes había sido un aliado reconstruido bajo su tutela se había convertido en un competidor capaz de vencerlo en los terrenos que él mismo había dominado: la tecnología, la innovación y la manufactura.

Las raíces de la tensión: productividad y cultura

El éxito japonés se construyó sobre valores que contrastaban con la lógica empresarial estadounidense. En Japón, la estabilidad laboral, el compromiso con la empresa y la planificación a largo plazo eran pilares centrales. En EE. UU., en cambio, el capitalismo financiero, la competencia interna y el cortoplacismo bursátil empezaban a predominar.

Esa diferencia generó incomodidad. La prensa norteamericana hablaba de “una guerra económica encubierta” y describía a los ejecutivos japoneses como estrategas fríos que operaban en bloque, mientras los estadounidenses eran cada vez más prisioneros de Wall Street. En el fondo, era una lucha ideológica: eficiencia colectiva frente a individualismo competitivo.

La burbuja japonesa y el giro de los 90

El auge japonés, sin embargo, contenía sus propias debilidades. El crédito barato, la especulación inmobiliaria y la sobrevaloración bursátil llevaron a una burbuja que estalló a principios de los 90. La “década perdida” de Japón disipó gran parte del miedo estadounidense. Las empresas japonesas pasaron de símbolo de supremacía a ejemplo de estancamiento, y el liderazgo económico global volvió a girar hacia Estados Unidos.

Este desenlace enseñó una lección importante: el pánico no era tanto por Japón, sino por la sensación de vulnerabilidad interna. La globalización que se aceleraría en los 90 no eliminaría esa ansiedad, sino que la trasladaría hacia otros rivales emergentes, como China, Corea del Sur o, más recientemente, India.

Lo que el pánico japonés nos enseña hoy

Mirando hacia atrás, el episodio revela cómo el miedo económico puede moldear narrativas nacionales. Estados Unidos reaccionó frente a Japón no solo con proteccionismo o retórica, sino con reformas reales: inversión en tecnología, modernización industrial y una nueva ola de innovación que culminaría en el dominio del sector tecnológico estadounidense en los años 2000.

En ese sentido, el “pánico japonés” actuó como catalizador. Forzó a las empresas estadounidenses a reinventarse, a priorizar calidad y productividad, y a entender que la competencia global no podía enfrentarse con complacencia. También dejó una advertencia vigente: cuando un país se siente amenazado por el éxito ajeno, corre el riesgo de confundir rivalidad con xenofobia, o competencia con paranoia.

Un eco persistente en el presente

Hoy, las tensiones entre Estados Unidos y China reviven muchas de las emociones de aquel tiempo. Las acusaciones de robo tecnológico, manipulación de divisas o expansionismo económico son casi un espejo del discurso de los 80 contra Japón. La diferencia es que, esta vez, el competidor no enfrenta una burbuja interna tan evidente y tiene un peso mucho mayor en la economía global.

El pánico hacia el “enemigo económico” parece ser una constante en la historia de las potencias: una mezcla de temor, respeto y autocrítica que impulsa tanto reformas como tensiones. Lo que empezó con Japón marcó el inicio de la conciencia estadounidense de que el poder económico global ya no era un monopolio, sino una carrera que debía disputarse cada década.

El miedo de Estados Unidos hacia el ascenso de Japón fue más que una reacción económica; fue una crisis de identidad nacional. En aquella época, el país comprendió que su liderazgo no podía darse por sentado y que el éxito global requiere adaptación constante. Japón nunca conquistó América, pero sí la obligó a reinventarse. Y ese legado, de competencia y autodescubrimiento, sigue moldeando la manera en que las potencias perciben la amenaza del ascenso de otros.

(Con información de Francesco Lovaglio Tafuri)


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